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En las cercanías de la muy antigua villa de Fuentes, en el Reino de Sevilla, hay una fuente que desde hace siglos recoge el agua del cerro adyacente a través de diversas conducciones subterráneas y la canaliza hasta ella, donde la gente del lugar acudía para abastecerse.

De orígenes islámicos, rodeada de restos de distintos pueblos antiguos que habitaron estos lares, ya en 1599 aparece citada en las Actas Capitulares acordándose su reparo, y en 1690 el Cabildo Municipal acuerda hacer la fuente de piedra, para lo que contrata al cantero de Morón Antonio Gil.

A lo largo del siglo XVIII, se continúan diversas reformas debido a la pérdida de suministro y a defectos en las conducciones y en 1787 se le dota de una escalera y un paso hecho de rosca para evitar los daños del público a la construcción. A fines de la citada centuria, se puso en marcha un proyecto general de conducción de las aguas potables a la villa para solucionar los problemas de abastecimiento.

Como en la Fuente de la Reina, otros manantiales y pozos de estas tierras llenas de historia siguen manando agua «buena y clara» desde tiempos remotos; características de un territorio que dieron el nombre a este maravilloso lugar del mundo que es Fuentes de Andalucía.

sábado, 26 de marzo de 2011

LA EJECUCIÓN DE LAS CAPILLAS DEL CRISTO YACENTE Y LA DOLOROSA DE LA SOLEDAD

El hecho de que una Hermandad penitencial, como es el caso de la del Santo Entierro y Nuestra Señora de la Soledad de Fuentes de Andalucía, dispongan de las capillas de sus respectivas imágenes Titulares en dos templos distintos, no deja de ser una situación curiosa, que encuentra su raíz en la fusión a fines del siglo XIX de dos cofradías distintas, establecidas en la Iglesia Parroquial y el Convento de Mercedarios respectivamente.
El 7 de abril de 1893, la autoridad eclesiástica promulgó una serie de reglas para los actos públicos de las cofradías de Semana Santa de la villa de Fuentes, en las que reflejaba que las hermandades del Santo Entierro y la Virgen de la Soledad realizaran juntas su recorrido en la tarde del Viernes Santo, aunque se tratara de dos corporaciones distintas, desde las 7 de la tarde hasta las 11 de la noche, acompañando a la urna del Santo Entierro cuatro sacerdotes.
Vistas las circunstancias de cada una de las corporaciones, que durante los últimos años habían venido celebrando su estación de penitencia unidos, el 15 de abril de 1895 ambas celebran cabildo conjuntamente y deciden fusionarse y hacer de sus cofradías una única hermandad.
La fundación de cada una de ellas se estima sin certeza en el siglo XVIII, pues no se poseen datos documentales concretos en los que podamos estudiar a fondo tal hecho histórico.
En el caso del culto al Señor del Santo Entierro, desde el siglo XVI se venía realizando el descendimiento de la Cruz con ámbito meramente parroquial, sin contar con una corporación constituida al efecto. Del mismo modo, surge la devoción a la actual efigie de Nuestra Señora de la Soledad, cuya ejecución, en la década de 1770, fue previa a la organización como tal de una cofradía.
En el presente estudio, vamos a adentrarnos en el hecho y circunstancias de la ejecución de cada una de las capillas de los titulares de la Hermandad, situadas en la Iglesia Parroquial, la del Santo Entierro, y en el Convento de San José, la de la Virgen de la Soledad.

Sepulcro del Santo Entierro de Cristo


Este altar, de características físicas peculiares, se abre en el muro lateral izquierdo de la Capilla de Nuestra Señora del Rosario de la Iglesia Parroquial Santa María la Blanca, situada a los pies del templo de la primera nave del Evangelio y colateral a la Capilla Mayor.
Se trata del principal edificio religioso de la villa, cuya construcción se inició en la segunda mitad del siglo XVI, sufriendo importantes mejoras y ampliaciones durantes las centurias de 1600 y 1700.
Por escritura otorgada ante el escribano público Juan de Moya por el «cura de la Iglesia mayor de la villa de Fuentes y mayordomo de la Fábrica de ella»[1] Juan Caro, en virtud de licencia del Provisor y Vicario General del Arzobispado de Sevilla, el 9 de junio de 1573 don Álvaro de Fuentes y Guzmán, Señor de Fuentes, obtuvo licencia para levantar bajo su mecenazgo una capilla dedicada a la advocación mariana del Santo Rosario, con tribuna propia abierta hacia la Capilla Mayor, desde donde la familia del Señor asistía a las celebraciones litúrgicas.
Esta tribuna es el lugar físico que desde 1842 alberga, a modo de altar, la urna e imagen del Cristo Yacente que nos ocupa.
Concretamente, el 21 de enero del citado año, ante el escribano público Antonio García, compareció Sebastián Carmona el mayor, vecino de Fuentes, que «en unión con otros devotos han construido a sus expensas un sepulcro nuevo para colocar en él el Santísimo cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, y queriendo darle el debido culto y veneración han determinado colocarlo en un altar en la Iglesia Parroquial de esta villa, y habiendo reconocido ésta no se encuentra otro sitio proporcionado para dicho efecto más que un hueco que está en la pared medianera de la Capilla de Nuestra Señora del Rosario con el Altar Mayor, cuyo sitio es y corresponde su propiedad al Excmo. Sr. Marqués de esta villa, Conde de Villanueva, por lo que determinaron hacer una solicitud a S.E. para que diese su consentimiento y licencia para colocar en dicho hueco el Santo Sepulcro, formándose un altar, y recibida dicha solicitud se accedió por S.E. según aparece de orden que al efecto se ha remitido desde Moratalla, con fecha 27 de abril del año próximo pasado a su administrador en esta villa, D. Fernando Guerrero, pero con la condición de que constare por documento que la propiedad de dicho local es suya, y solo concede el usufruto.
En cuya virtud y queriendo poner en práctica la condición con que S.E. ha concedido su permiso y licencia, para la colocación del Santo Sepulcro, en el sitio que viene designado... ...habiéndose conseguido el consentimiento de la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario, para que la servidumbre del altar se tenga por su capilla»[2].

Capilla de Nuestra Señor de la Soledad


Situada a los pies del templo, en el lado de la Epístola, de la Iglesia de San José del desaparecido Convento de los Padres Mercedarios de Fuentes de Andalucía, poseía un retablo barroco de talla dorada del último cuarto del siglo XVIII, con hornacina central para la titular, que víctima de innumerables daños por carcoma se desprendió en el transcurso de unas obras acaecidas en la capilla en marzo de 2001, quedando totalmente destrozado, a excepción del ático, que se conserva en su emplazamiento original sobre una hornacina de moderna factura.
La casa y reducida capilla de los padres Mercedarios se abría solemnemente al culto el 10 de junio de 1608, comenzándose a construir la iglesia actual durante el gobierno del padre comendador fray Alonso de la Concepción, que rigió el Convento desde 1610 a 1616, dejando terminado el cuerpo de la nave y restando la fábrica de la capilla mayor, que hubo de demorarse un periodo de años considerable por impedirlo la inmediata casa-residencia de los religiosos.
Hasta 1737 no se dedicaría solemnemente el templo, aunque a lo largo del siglo XVIII sus diversas capillas fueron objeto de innumerables intervenciones bajo patrocinios privados recibiendo a cambio las familias beneficios en el momento del fallecimiento de éstos.
Enterrar a los difuntos en el suelo del interior de las iglesias o en las cercanías de éstas era la costumbre de la época, pero las continuas epidemias que tal hecho avivaban provocó que a principios del siglo XIX se prohibiera totalmente tal práctica y proliferaran los cementerios en lugares distantes de los núcleos habitados.
De este modo, el 1 de diciembre de 1774 Tomás Conde de la Peñuela obtuvo la posesión de la capilla de la Virgen de la Soledad, con objeto de que fuera su lugar de enterramiento y el de sus descendientes, mediante escritura ante el escribano público del Cabildo Gerónimo Martínez de Parga y acuerdo con la congregación mercedaria, titular del templo. A la fecha, la comunidad estaba formada por fray Juan del Espíritu Santo, preceptor en Sagrada Escritura, Comendador del Convento, fray Diego del Señor San José, Vicario, fray Miguel de Santa Bárbara, fray Juan de San Ambrosio, fray Pedro de la Merced, fray Francisco de San Antonio, Fray Francisco del Rosario, fray Francisco la Soledad, fray Fernando del Señor San José y fray Antonio Dolores, todo religiosos profesos.
En dicho documento, Tomás Conde declara: «acepto en nuestro favor y por ella recibo de este Convento la citada Capilla de María Santísima Nuestra Señora título de la Soledad para nuestros entierros y mediante esta facultad me obligo a construir su retablo añadiéndole para su perfección cinco imágenes de talla, hacerle pabellón y otros perfiles, y fenecida esta operación a dorarlo todo vistiendo a… …con la decencia debida según corresponde al misterio de Soledad, y a mantener continua… …por estar la otra mitad dorada por distinto devoto pero esta circunstancia ha de ser y entenderse sin expresa obligación, y si por devoción, a lo que alentare con particular en cargo a dichos mis sucesores, y me obligo y a mis sucesores, a que mantendremos perpetuamente con la mayor decencia y observación a S.M. su altar y capilla y quiero y consiento que en el caso de no practicarlo a mí por el mismo hecho ha de ser para perder el derecho adquirido y recuperándolo este Convento…»[3].
El citado obtuvo al mismo tiempo autorización por parte de la comunidad para colocar sobre los enterramientos loza o lápida con el correspondiente mote o inscripción que explicara la citada propiedad. Con la llegada de los Padres Salesianos en 1929, el templo de San José sufrió una serie de importantes obras de rehabilitación, entre ellas la instalación de una nueva solería, contemplando la posibilidad que dejara cubierta ésta y otras posibles lozas de enterramientos.
Años más tarde de la cesión de la capilla, el 21 de junio de 1779 Tomás Conde otorgó testamento «estando con salud pero con avanzada edad»[4], el cual comienza declarando su fe cristiana y la forma deseada para su entierro en su capilla de María Santísima de la Soledad, citando a sus hijos y nietos como herederos y mandando se digan por su alma un determinado número de misas.
Esta obligación la hizo efectiva explícitamente ante el escribano público Gerónimo Ruiz Ibañez un año más tarde, el 14 de enero de 1780, fecha en la que realiza la fundación de una Memoria de Misas, algo común en la clase media alta de la época barroca mediante lo cual el fundador, generalmente una persona acaudalada, dejaba en su testamento una cantidad de dinero o posesiones que se ponía en renta, para que con las ganancias se pagara la realización de un número determinado de misas perpetuas por la salvación de su alma.
En este documento, el citado Tomás Conde declara: «Digo que por cuanto una de las capillas de que se compone la Iglesia del Convento de religiosos Mercedarios descalzos de esta dicha villa del Señor San José lo es de la Virgen Santísima de la Soledad, la primera de mano derecha entrando por la puerta principal la que corresponde en propiedad con su bóveda y entierro de la cuál se me dio posesión el día primero del mes de diciembre del año pasado de mil setecientos setenta y cuatro, como consta de la escritura de ésta... ...celebrada por ante don Gerónimo Martínez de Parga escribano público del Cabildo de esta villa en cuyo tiempo se hallaba colocada en ella, dicha Santísima Imagen que los hermanos de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno fundada en dicho Convento y otras distintas hermandades sacaban en procesiones de Semana Santa: por esto, para que con más libertad pudiesen usar de dicha Santísima Imagen, dejé ésta a beneficio de dicho Convento y precedida la correspondiente licencia del Rvdo. P. Comendador del explicado Convento coloqué en dicha capilla e hice a mi costo otro Santísima Imagen de Nuestra Señora de la Soledad que en la actualidad se venera sin que por dicho mandamiento fuese visto el que destruía ni pretendía alteración alguna de las cláusulas que comprende la escritura de prof. Y si solo con ánimo y devoción de que éstas se descendiese en los fieles y hubiese más culto a dicha Santísima Imagen, por lo que la adorné en el modo posible de vestido, corona, lámpara de plata, y demás necesarios de la referida capilla se registra. En esta atención y en la... ... mando decir y se diga por mi alma y mis difuntos en la referida capilla los días viernes de cada mes una misa rezada deseando sea con este sufragio, hice liberado fundar memoria de dichas misas y otras de que haré relación, y poniéndole en efecto en la mejor día y forma que a ese lugar en derecho otorgo por el temor de la presente ser mi determinada voluntad que desde el día de la fecha de esta escritura perpetuamente para siempre jamás se digan en el referido convento de este sesenta misas rezadas en cada año, las cincuenta y una en la explicada mi capilla y altar de Nuestra Señora de la Soledad el día viernes de cada semana, la suya descubriendo dicha Santísima Imagen y encendiendo durante se dice cuatro luces, las nueves restantes en el altar privilegiado de Ánimas encendiendo otras cuatro luces diciéndose las tres de ellas en los días 14 de marzo, 5 de agosto y 2 de septiembre en que cumple años el fallecimiento de D. Alonso y D. Marcos Conde, mis hijos, aquí el clérigo presbítero, y de doña Elvira Muñoz mi mujer y las seis restantes en los días Señora Santa Bárbara, Señora Santa Lucía, el del Dulce Nombre de María, el del Señor San Juan Bautista, el del Glorioso Patriarca San José y el del Señor Santo Tomás Apóstol...» [5].
Este último testimonio, que también aparece en el testamento de 1779, nos corrobora la hipótesis que publicamos en 2002 en nuestro libro «Fuentes Penitente», en el que hacíamos mención a la posibilidad de que la actual Virgen de la Merced, titular de la Cofradía de Jesús Nazareno, era la primitiva efigie de Nuestra Señora de la Soledad, lo que hoy ratificamos ante el estudio de la documentación hallada.
Para evitar que la imagen de la Virgen de la Soledad fuera sacada de su capilla en Semana Santa para la procesión de la madrugada del Viernes Santo, costeó una nueva, dejando la primitiva en el Convento para su uso por la Cofradía de Jesús Nazareno.
En cuanto al personaje en cuestión, hemos podido saber que Tomás José Conde de la Peñuela se bautizó en la Iglesia Parroquial de la villa el 27 de diciembre de 1692, hijo legítimo de Alonso Conde y Lucía Martín, declarando la partera que había nacido el 21 de diciembre. [6]
Labrador de oficio y persona acaudalada, el 18 de junio de 1716 contrajo matrimonio con Elvira Muñoz, hija de Juan Muñoz Caro y Marina de Velasco[7], y fruto de dicho matrimonio nacieron cinco hijos: Alonso, que fue clérigo presbistero y falleció en vida de su padre, Juan, María, Lucía y Marcos, también difunto en vida de Tomás y padre de Tomás y Juan Conde, dos de sus nietos.
A su fallecimiento, el 4 de junio de 1780, vivía en la calle Huerta y en la partida de defunción queda reflejado que se «enterró en el Convento de religiosos Mercedarios Descalzos en la bóveda de Ntra. Sra. de la Soledad, don Tomás Conde, con el Beneficio de todo el clero, y comunidad de los referidos religiosos, tuvo encomienda, posas, vigilia, responsorios, misa cantada con sus ministros, y la asistió la hermandad de Señor San Pedro que es la mayor suntuosidad estilada en este pueblo» [8].

NOTAS:
1] (A)rchivo (H)istórico de (V)iana. Leg. 76 Exp. 004. Capellanías. Fuentes. Capilla de Nuestra Señora del Rosario en la Iglesia Parroquial de Santa María la Blanca.
2] A.H.V. Leg. 76 Exp. 003. Capellanías. Fuentes. Patronato de la Capilla Mayor de la Iglesia Parroquial de Santa María la Blanca.
3] (A)rchivo de (P)rotocolos (N)otariales de (É)cija. Sección Fuentes. Leg. 4218 fols. 505-507. 1-XII-1774. Toma de poseción de Capilla en el Convento de Mercedarios por Tomás Conde de la Peñuela.
4] A.P.N.E. Sección Fuentes. Leg. 4424 fols. 173-188. 21-IV-1779. Testamento de Tomás Conde de la Peñuela.
5] A.P.N.E. Sección Fuentes. Leg. 4425 fols. 24-29 vº. 14-1-1780. Fundación de memoria de misas por Tomás Conde.
6] (A)rchivo (P)arroquial de Sta. Mª la Blanca de (F)uentes de Andalucía. Libro 11 de Bautismos. Folio 185 vº.
7] A.P.F. Libro 4 de Desposorios. Folio 208.
8] A.P.F. Libro 17 de Defunciones. Folio 68.




En las fotografías, arriba, la primitiva imagen de la Virgen de la Soledad, hoy bajo el título de Ntra. Sra. de la Merced como titular de la Cofradía de Nuestro Jesús Nazareno.
Abajo, la nueva efigie que costeó Tomás Conde en la década de1770 y actual titular de la Hdad. del Santo Entierro.

lunes, 21 de marzo de 2011

LA VENERABLE MADRE JUANA DE CRISTO (1587-1616)


En el interior de la capilla de Nuestra Señora de la Soledad, la primera en el lado de la Epístola a los pies de la Iglesia del Convento de San José de Fuentes de Andalucía, existe una lápida sepulcral, adosada al muro derecho que limita con el cuerpo de la torre, con una inscripción latina fechada en 1616. Con casi cuatro siglos de antigüedad, el hallazgo de la traducción al castellano del texto que posee nos ha desvelado la historia de una santa mujer, llamada Juana de Cristo, cuyo cuerpo yace en el interior del muro. Este personaje histórico ha sido citado por la tradición oral fontaniega, durante siglos, como la religiosa a la que la pequeña imagen de marfil del Señor de la Salud, que aparece en la imagen, le habló diciéndole: «Hazme Grande y seré la Salud de este pueblo». Y atendiendo la petición divina, ésta marchó a la vecina villa de Marchena, donde encargó una nueva efigie del crucificado a tamaño natural que fue puesta al culto en el Convento de los Padres Mercedarios, existiendo en la actualidad ambas imágenes.

Pero, ¿quién fue Juana de Cristo?, ¿Qué dicen los anales de la historia de este personaje?


Juana de Vega, que era su nombre de nacimiento, vino al mundo en la vecina Marchena el 24 de junio de 1587, fue bautizada en la Parroquia de San Juan, de la misma villa ducal, y era hija de Francisco de Alcalá Castroverde y Ana de Vega Gallego. Su abuela materna, Isabel González Gallego era «natural de la villa de Fuentes, y de lo mejor della». Juana, piadosa desde su niñez, era la mayor de cuatro hermanos y «tenían en ella sus padres puesto su mayor amor, y afición, por haberla dotado la Divina Majestad de mucha hermosura y singular gracia en cuanto hacía». Por sufrir grandes pérdidas la economía de sus padres, en 1598 la familia pasó a vivir a la villa de Fuentes, «donde podían pasar con menos», y por la amistad que les unía con doña Aldonza de los Ríos, Señora de la villa y madre del primer marqués de Fuentes, ésta se hizo cargo de la crianza de Juana.
Vivió Juana en la casa de los Fuentes durante 7 años, hasta 1605, y tras un primer intento de entrar en religión, frustrado por los fallecimientos de doña Aldonza y de su padre, fue una tía suya la que la llevó consigo, de nuevo a Marchena, con apenas 18 años.
En dos años que «estuvo en esta casa se le ofrecieron muchos casamientos, y buenos, pero a ninguno dió oídos, porque no le inclinaba el estado del matrimonio».
Tras un nuevo intento de vivir en comunidad con unas religiosas de Sevilla que estaban a cargo de un Beaterio, murió su tía y se hospedó con una prima en la misma Marchena.Viviendo en la villa ducal, en el día de San Miguel de 1607 asistió a la celebración de dicha fiesta en la iglesia dedicada a este santo en Marchena, en la que su corazón quedó prendado ante la predicación del sacerdote, donde el orador veía excesivos el vestir de los hombres y mujeres de la época. Desde este momento, Juana rehuyó de las galas y pompas que su posición social le permitía, se puso un «vestido decente y honrado», lejos de lujos, y cambió su estilo de vida. Una existencia que cambiaría radicalmente el 25 de enero de 1608, en el que movida por unas primas para asistir a la boda de un pariente, subió a la alcoba a buscar las galas para ataviarse y oyó una voz grande que le dijo: - «¿Para qué haces esto? ¿No será mejor que trates de oración, pues en ella ha de estar tu remedio?».Ella, sobresaltada, levantó el rostro al cielo y vió a Cristo Crucificado.
Desde entonces quedó arrebata, hecha un mar de lágrimas y al bajar la vista se le presentaron todos los pecados de su vida.Tras volver en sí, se dirigió a un convento en el que los religiosos no supieron entender las explicaciones de lo ocurrido y Juana no encontró el consuelo espiritual que buscaba. Llegó a sus oídos que por Fuentes andaban dos frailes mercedarios tratando la fundación de un cenobio, por lo que emprendió camino y regresó a la villa donde residían su madre y sus tres hermanos.
Consiguió contactar con los religiosos y a partir de este momento, Juana fijó su residencia de nuevo en Fuentes y empezó a emprender relación espiritual con los padres mercedarios, en especial con fray Luis de Jesús María y fray Miguel de las Llagas, quienes se encargaron de la dirección espiritual de su alma.
De este modo, Juana fue testigo directo de la fundación de los Mercedarios en Fuentes, que tuvo lugar el 10 de junio de 1608, día en que se puso el Santísimo en la nueva casa religiosa siendo fray Miguel primer comendador del convento.
A los cuatro meses fray Miguel fue trasladado a Osuna y nombrado Comendador fray Alonso de la Concepción, al que llamaban «el de los anteojos», quién se encargó desde este momento «de los deseos fervientes que [Juana] tenía de que la encaminase a amar a Dios».
Uno de los días, de vuelta a casa tras estar orando y confesar en la iglesia del convento, dejó sus ropas, pidió a una vecina que le cortara su larga cabellera, «pusóse una estopa en la cabeza, unos zapatos rotos y un manto muy viejo» y de este modo salió por las calles más públicas de Fuentes. Al llegar a la calle Mayor se encontró con el Dr. Andrés Gamero Adalid, Vicario de la villa, quién en compañía de otros quedó admirado.
Fue Juana a la Iglesia del Convento y asistió muy contenta a las Vísperas, donde la gente no le quitaba ojo. Este día, ante el Santísimo Sacramento, hizo voto de castidad y renovó el que tenía hecho de ofrecer por las Ánimas del Purgatorio cuanto hiciese meritorio en su vida, todo ello supervisado por su padre espiritual. Pasó el día en la Iglesia y a su regresó a casa, su familia le aguardaba con indignación, por considerar que había deshonrado a su linaje.
Tal fue el alboroto en el pueblo, que hasta el propio fray Alonso de la Concepción se vio obligado a apoyarla en sus predicaciones en la Iglesia Mayor, poniendo como ejemplo a Santa Clara, San Francisco y otros santos que habían renunciado al mundo y su pompa inspirados por Dios.
De este modo, Juana fue la primera mujer de porte que en Fuentes renunció a su riqueza por Dios, y ante sus hechos, no pocos la daban por demente. Muy dada a la oración, constantemente buscaba su mortificación y humillación pública, por lo que su confesor le reprendía al hacerlo sin su autorización.Trató de tomar el hábito de la Merced y entrar en religión, pero le fue denegado por el Provincial de Andalucía, fray Hernando de Rivera, quién la había visto varias veces al pasar por Fuentes y le parecía «muy buena moza y hermoza».
Elegido nuevo provincial en mayo de 1610, el Comendador aprovechó y pidió licencia de nuevo para darle hábito de beata a la sierva de Dios, informándole de su virtud y gran espíritu. Éste aceptó y le concedió autorización con la condición de que lo tomara en secreto y no llegara a conocimiento del Padre General de la Orden de la Merced.
Así, en presencia del Comendador y el resto de la Comunidad mercedaria, del Vicario de la villa y algunos fieles seculares, tomó gozosamente un humilde hábito, basto y cocido con trapos viejos, en la tarde de la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista de 1610, el mismo día que cumplía 23 años.
Desde entonces dejó el don y apellido de su familia y tomó el nombre de Juana de Cristo. Cuando la gente de su casa y del lugar la vieron con la nueva indumentaria la trataban como «rematada», a lo que ella respondía con paz y serenidad: - «Si esto es locura, cada uno con su tema. Yo, con la ayuda de Dios, no he de volver atrás de lo comenzado».
En vez de vestido llevaba una túnica gruesa de estameña y usaba instrumentos de mortificación como silicios o capillos para la cabeza. Su lecho era una tarima de tablas sin más ropa que una tela vieja, un palo por cabecero y una calavera junto a ella. Dormía poco y la disciplina le provocaba en muchos casos rociar el suelo y regar las paredes con su sangre. Su manjar común eran pasas o aceitunas, su bebida agua y poca, sin llegar a saciar su sed, y desde que comenzó su vida espiritual no comía carne, pescado ni huevos y los viernes ayunaba a pan y agua.Sus acciones eran moderadas por su confesor, que hasta la obligó a dormir junto a su hermana Isabel para que ésta la controlara ante sus excesos.
Tras dos años de novicia, profesó en el Convento de Fuentes el 15 de julio de 1612, ante el mismo padre fray Alonso de la Concepción.Ante la grandeza de espíritu que su confesor veía en la madre Juana de Cristo, consultó su caso con otras personas cultas en lo espiritual dentro y fuera de la Orden, quienes dieron por escrito sus pareceres.
El padre fray Pedro de la Madre de Dios, que fue muy devoto de la sierva de Dios y vino muchas veces a Fuentes a comunicar con ella, decía que no hallaba «ninguna diferencia con la misma Teresa de Jesús», a la que él mismo había conocido de muy cerca en persona, fallecida en 1582 y canonizada por la Iglesia en 1622.
Casi toda su vida fue un continuo padecer, no sólo físico, sino también psíquico. Hasta un familiar llegó a decir de ella: - «Plegue [quiera] a Dios que la amistad que mi sobrinilla Juana tiene con su confesor sea agua limpia».
Son muchos los testimonios que se recogieron de su vida y tal fue su llamativo estilo de vida que hasta tuvo que pasar por la misma Inquisición, saliendo impune y sus delatores encarcelados.
La incontrastable paciencia de la madre Juana y su perseverancia en el camino que comenzó, vinieron poco a poco a vencer la malignidad de intención de los que en los tres o cuatro años de su nueva vida se le habían opuesto tan terriblemente.
Su familia y casi toda la gente del lugar comenzaron a mirarla con diferentes ojos, aunque no dejaron de quedar contrarios.Los ejercicios de caridad de esta fiel amante de Dios fueron tantos y tan continuos que era común que lo poco que tenía se lo quitara para darlo a los pobres, y a veces daba hasta lo propio de su familia.
Llevaba a tal extremo su vida religiosa que entró públicamente en éxtasis en numerosas ocasiones y fray Alonso cuenta en las crónicas de la casa las muchas veces que Dios le habló y revelaciones que tuvo.
En una de estas visiones, siendo novicia, estaba en oración y tuvo una revelación en la que el Señor le predijo la fundación en Fuentes de un convento de monjas de la Merced, el sitio donde habría de levantarse y la disposición que habría de tener la Iglesia, el Altar y el Coro.
En ese momento no existía aún la rama femenina descalza y el Convento no se fundaría hasta 4 años después de su muerte.A diversas personas profetizó que iban a ser frailes o monjas de la Merced y se cumplió. Su fama de santa y piadosa se fue extendiendo, contando el cronista que hasta su presencia aliviaba las enfermedades por medio de su oración.
A pesar de la juventud, su salud le fue fallando y una multitud de males le prolongaron una agonía de meses cuando apenas contaba con 27 años.
Tuvo que dejar de ir a la iglesia del Convento y los continuos males la postraron a su tarima, donde recibía las visitas de su confesor y el propio Vicario. La enfermedad lenta, con dolencia grave, continua y de tantos y tan agudos dolores agudizaron su estado y el día de Navidad de 1615 recibió el Viático.
La providencia divina quiso que el lunes 25 de enero de 1616 por la mañana recibiera la Santa Unción y tras ello, pidió que la pusieran en el suelo para morir imitando a San Francisco, de quién toda su vida fue muy devota. Y allí, pasadas las 8 de la noche, rodeada de su familia, el Vicario, el Comendador y otros religiosos que le acompañaban, con 28 años de edad y sin pronunciar palabras por no tener fuerzas se marchó «a gozar por toda la eternidad de aquel Señor por quién tantas fuerzas hizo y a quien tan ansiosamente había deseado».
Curiosamente, era el día la fiesta de la Conversión de San Pablo, a los 8 años justos de haber tomado el hábito de la Merced. Difunta ya, y puesta en el féretro, concurrieron tantos a verla, que en más de un día y medio que estuvo el cuerpo sin darle sepultura no se desocupó de gente la casa de la familia de la Vega.
Hombres, mujeres y niños pedían le dejasen ver a la santa, besarle los pies o tocar su rosario. A su funeral vino de Osuna fray Domingo de los Santos, que predicó durante más de hora y media ante una iglesia repleta de fieles y un nutrido grupo de religiosos.El cuerpo de la madre Juana de Cristo fue depositado «en la bóveda de la capilla mayor de nuestro convento, entierro común de nuestros religiosos».
Tras ser sepultada con fama de santidad, el padre fray Diego de la Concepción dejó escrito detalladamente en las crónicas de la casa el siguiente texto:
«Poco más de veynte días después del depósito de la madre Juana, murió el Patrón del dicho convento, llamado Juan de Alcozer, Familiar del santo Oficio, y Governador de la villa y estado de Fuentes (y llamávamosle Patrón, no porque lo fuese, sino porque nos había dado las casas para que el convento se fundase, y hecho muchas limosnas, y beneficios) y tratamos de depositarlo en la misma bóveda, no obstante que los más lo contradijeron, no por otra cosa más que por hacer tan poco tiempo que se había puesto allí el cuerpo de la dicha madre Juana: pero con todo eso se tomó resolución de que allí se depositase, en gratificación de las grandes obligaciones que el convento le tenía, supuesto que no había en el convento, e Iglesia otra parte más autorizada en que poderlo poner. Yo fuy el que entré en la bóveda a acomodarlo, y entonces vi que el cuerpo de la dicha madre Juana estaba entero, e incorrupto, y sin tener mal olor; antes las flores con que la habíamos adornado (que algunas eran de almendro, y otras eran clavellinas amarillas) estaban tan frescas como si las acabaran de cortar de las matas; de lo cual yo, y los que conmigo entraron alabamos a nuestro Señor, y sacamos todas las que hallamos para que los demás las viesen. Salimos, y cerramos la bóveda que en poco más o menos de un año no se volvió a abrir. Al fin del qual, siendo Comendador de aquel convento el padre fray Mateo de la Concepción, me dijo un día, que se holgaría mucho de ver el cuerpo de la madre Juana de Cristo, por si todavía estaba entero, como yo dije haberlo dejado cuando depositamos al Patrón. Yo lo facilité, porque también deseaba lo mismo; y así nos hicimos ambos de concierto, y una fiesta, estando toda la Comunidad recogida, y en silencio, fuimos juntos, y abrimos la bóveda. Entré yo solo en ella, llevando luz y hallé que el cuerpo de Juan de Alcozer estaba todo comido, y lleno de moho y horrura; y el de la susodicha madre Juana de Cristo tan entero como yo lo había dejado un año antes. Quise quitarle dos dedos de una mano, y por mucha fuerza que hize para troncharlos, y arrancarlos, no pude; de suerte que fue necesario valerme de una cuchilla de cortar plumas, de que iba prevenido por lo que sucediese, y con ella le corté por la coyuntura el dedo pulgar, y el índice de la mano derecha. Y uno de ellos entregué al dicho padre Comendador F. Mateo, y el otro remití al P. Fr. Alonso de la Concepción, por haber sido el padre espiritual, y haberla siempre estimado tanto».
Si lugar a dudas, al valor histórico de la crónica hay que añadir la minuciosa descripción sin escrúpulos realizada por el mercedario.
Continuando con la llamativa vida e historia de la religiosa, se tiene conocimiento de que en el año 1618 Francisco Heylan Antuerpiense esculpió en Granada, en lámina fina de bronce, un retrato de la madre Juana de Cristo para hacer estampas y mandarlas donde eran muy deseosas por sus devotos.
Una de ellas fue remitida a su hermana Isabel de Vega, que al recibirla la guardó en un arca con mucha veneración mientras se le hacía un marco en que ponerla decentemente. Acabado éste se dispuso a buscar la estampa en el arca y no la halló, lo que le dio mucha pena, ignorando tal enigma. Fue el caso, que «por misterio de algún ángel fue sacada del arca y llevada a Marchena a una monja de santa vida, llamada madre Damiana» a quién la representación de la misma Juana de Cristo le habló diciéndole: «Cuando mi hermana Isabel de Vega te venga a hablar aconséjale que sea religiosa descalza de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, porque así es voluntad de Dios, y de que sea la primera que reciba el hábito en el Convento que en Fuentes se ha fundar, donde será prelada. Dirasle que yo te lo he venido a decir, y en señal de ello enséñale este mismo retrato mío, que es el que no pudo hallar en el arca donde lo tuvo guardado».
Tras esto, fue Isabel a Marchena y pasó por casualidad a visitar a la madre Damiana, quedando admirada de lo visto y oído de boca de la religiosa.De este modo, Isabel fue la primera religiosa que entraba en religión en la nueva casa femenina de la Merced de Fuentes, inaugurada en 1620, y su cuarta comendadora, tomando el nombre de Sor Isabel de la Concepción. De Isabel dicen los anales de la Orden que fue una religiosa venerable por su gran piedad, fervoroso espíritu y relevantes virtudes, que vivió toda su vida en el Convento de Fuentes donde murió también con fama de santidad, llegando a escribir el libro «Vida, ó muchas cosas tocantes á la vida de su hermana la venerable sierva de Dios sor Juana de Cristo, mercedaria descalza, que murió el día 25 de enero de 1616».
Un texto, que no hemos podido localizar. Continuando con las vicisitudes del lugar de enterramiento del cuerpo de la madre Juana, al encontrarse en el entierro común de los religiosos, siempre que la bóveda se abría para acomodar en ella otro cuerpo, los que entraban sacaban reliquias del venerable cuerpo de Juana.
Dándose cuenta el padre fray Hernando de Santa María, entonces Comisario general de la Descalcez en la Provincia de Andalucía, mandó que el bendito cuerpo fuese trasladado en una concavidad que para ello se había de hacer en el muro de la Capilla mayor de la Iglesia del convento, al lado de la Epístola del Altar principal, y que se cerrase con una losa de mármol blanco de casi cinco cuartas en cuadro.Cumpliéndose lo ordenado, el traslado del cuerpo de la sierva de Dios se hizo en la noche del lunes 15 de noviembre de 1621, sacando la caja en forma de ataúd en la que estaba y poniendo el cuerpo en un arca nueva con tres cerraduras de hierro.
La primera de las llaves se entregó a su hermano Francisco de Alcalá y Vega, familiar del Santo Oficio, para que siempre lo tuviese y pasara a sus hijos y descendientes, la segunda al Cabildo Secular de la villa para que la guardase en su archivo y la tercera se quedó en el Convento. Colocada en el hueco y puesta la lápida, al día siguiente se celebraron solemnes honras fúnebres, con asistencia de todo el clero y del Ayuntamiento, presididos por fray Francisco de Ribera, venido desde Écija.Esa lápida en cuestión, es la misma que hoy se encuentra en la Capilla de Nuestra Señora de la Soledad, y que tras de sí alberga los restos del cuerpo de esta venerable madre y la apasionante historia de la vida de una mujer que fue célebre en la historia de la Orden de la Merced, extendiéndose a lo largo de los años posteriores a su muerte su fama de santidad. Cuenta fray Pedro de San Cecilio en los Anales de la Orden, publicados en 1669 y por el que hemos conocido detalladamente la vida de Juana de Cristo, que su estampa estaba en muchos de los conventos de la Merced, citando explícitamente que existía en los altares mayores de los conventos de Valdunquillo (Valladolid) y Fuentes, así como en el de Santa Bárbara de Madrid, donde ocupaba una de las cuatro pechinas de la bóveda de la capilla mayor. Desgraciadamente este último fue derribado durante la invasión francesa, en el siglo XIX, y de las láminas existentes, nada hemos podido localizar.

Transcripción de la lápida sepulcral: «Esta loza contiene debajo de si el cuerpo de la virgen Juana, que siendo noble en linaje, lo fue más en santidad y virtudes. Fue en la realidad, y verdad, en el nombre, y en la profesión beata descalza del sagrado Orden de Redentores de Nuestra Señora de la Merced. Tuvo a Cristo por sobrenombre, por vestidura de su alma, por espejo de su vida, y por premio de sus virtudes; y fue decorada con muchas maravillas, con que ilustró su siglo, su Orden, su linaje y su patria. La venerable María de la Antigua, monja de la misma Orden, vio entrar su alma en el cielo, para reinar eternamente con Dios, desde el 25 de enero del año del Señor de 1616».