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En las cercanías de la muy antigua villa de Fuentes, en el Reino de Sevilla, hay una fuente que desde hace siglos recoge el agua del cerro adyacente a través de diversas conducciones subterráneas y la canaliza hasta ella, donde la gente del lugar acudía para abastecerse.

De orígenes islámicos, rodeada de restos de distintos pueblos antiguos que habitaron estos lares, ya en 1599 aparece citada en las Actas Capitulares acordándose su reparo, y en 1690 el Cabildo Municipal acuerda hacer la fuente de piedra, para lo que contrata al cantero de Morón Antonio Gil.

A lo largo del siglo XVIII, se continúan diversas reformas debido a la pérdida de suministro y a defectos en las conducciones y en 1787 se le dota de una escalera y un paso hecho de rosca para evitar los daños del público a la construcción. A fines de la citada centuria, se puso en marcha un proyecto general de conducción de las aguas potables a la villa para solucionar los problemas de abastecimiento.

Como en la Fuente de la Reina, otros manantiales y pozos de estas tierras llenas de historia siguen manando agua «buena y clara» desde tiempos remotos; características de un territorio que dieron el nombre a este maravilloso lugar del mundo que es Fuentes de Andalucía.

martes, 3 de enero de 2012

EMBELESADOS CHIQUILLOS


En aquel entonces no se pedía, se recibía con alegría lo poco que llegaba. No tenían casi nada y valoraban lo poco, hoy tenemos de todo y no valoramos nada.
Tarde del 5 de enero de un nuevo año, uno más, uno menos. La chiquillería alborotada rebusca sobre el adoquinado de la Carrera algún que otro caramelo, todo un premio para llevarse a la boca endulzando la hazaña.
Es 1961. El pueblo sufre casi a diario la marcha de maletas de cartón que -cargadas de muchos sentimientos y pocas cosas- suben al tren dejando atrás una vida, penosa, pero que no deja de ser vida en la patria chica. Centenares de fontaniegos abandonan su tierra buscando un pan para llevarse a la boca que por muy magos que fueran los Reyes no les iba a caer del cielo.
Pero los absortos infantes viven al margen de la realidad, sumidos en un sueño infantil que -ayer y hoy- en la tarde de Reyes los hechiza, fascina y cautiva. Era la alegría de la venida de los Reyes Magos de Oriente, cuya presencia, aunque fuera por unos instantes, hacía incluso a los mayores olvidar la realidad de la existencia.
Una vida que transcurría lenta, como el andar pausado de la tracción animal que remolca a la carroza del rey Gaspar; esa mula engalanada con florecillas de papel.
Sus Pobres Majestades venían a una España que aunque se vistiera de seda, mona se quedaba. Entonces no había Papa Noël que la noche del 24 dejara regalos bajo las ramas olorosas de un abeto bellamente adornado. No, ese personaje aún tardaría unos años en colarse por nuestras pequeñas y, a veces, inexistentes chimeneas. Mientras tantos, los que en nuestros sueños se afanaban, de aquí para allá, a trote de camello, eran los Reyes de Oriente, que a saber dónde quedaba aquel Oriente.
La única certeza que tenían aquellos niños era que aquellos Reyes debían ser muy míseros, porque los regalos eran sumamente escasos, pero eso sí, recibidos con mucha ilusión.
Era la época de la muñeca de trapo, algún diminuto muñeco, el cochecito de lata, el caballito de cartón o los populares canastitos de papelillos de colores con caramelos o alguna que otra onza de chocolate.
Ahí está la sonrisa del adulto que ve disfrutar a los niños en la puerta de la centralita de teléfonos y la confitería-estanco de la Carrera. Y sobre el humilde trono, S. M. Gaspar llena la mano de caramelos para goce e impaciencia de los chiquillos.
Ante él, un canasto de mimbre –ya casi vacío- rodeado de caballitos con cuatro ruedas, objeto sumamente deseado por cualquiera de los activos espectadores de una de las primeras cabalgatas que recorrían las calles de Fuentes de Andalucía.
Era la noche de Reyes, el atardecer de la ilusión, donde la imaginación se hacía dueña de los sueños, premonición de aquella mañana gloriosa en la que tocaba despertarse nervioso, salir a la calle y presumir de tan poca cosa frente a los otros, que tenían igualmente casi nada.
Con el transcurrir del tiempo, el mayor regalo que han hecho los Reyes Magos a la humanidad, es haberse convertido en la gran estrella que ilumina y revive nuestra infancia, convirtiéndonos en embelesados chiquillos.