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En las cercanías de la muy antigua villa de Fuentes, en el Reino de Sevilla, hay una fuente que desde hace siglos recoge el agua del cerro adyacente a través de diversas conducciones subterráneas y la canaliza hasta ella, donde la gente del lugar acudía para abastecerse.

De orígenes islámicos, rodeada de restos de distintos pueblos antiguos que habitaron estos lares, ya en 1599 aparece citada en las Actas Capitulares acordándose su reparo, y en 1690 el Cabildo Municipal acuerda hacer la fuente de piedra, para lo que contrata al cantero de Morón Antonio Gil.

A lo largo del siglo XVIII, se continúan diversas reformas debido a la pérdida de suministro y a defectos en las conducciones y en 1787 se le dota de una escalera y un paso hecho de rosca para evitar los daños del público a la construcción. A fines de la citada centuria, se puso en marcha un proyecto general de conducción de las aguas potables a la villa para solucionar los problemas de abastecimiento.

Como en la Fuente de la Reina, otros manantiales y pozos de estas tierras llenas de historia siguen manando agua «buena y clara» desde tiempos remotos; características de un territorio que dieron el nombre a este maravilloso lugar del mundo que es Fuentes de Andalucía.

lunes, 17 de marzo de 2014

LAS CRIPTAS DE SANTA MARÍA LA BLANCA

(Trabajo realizado conjuntamente con mi amigo Antonio Gamero Osuna, responsable del equipo de restauración de la Iglesia de Santa María la Blanca). 

Desde que en diciembre de 2011 comenzaran las tan esperadas obras de restauración de la Iglesia Parroquial Santa María la Blanca de Fuentes de Andalucía, no pocas han sido las curiosidades y los llamativos hallazgos, generalmente relacionados con el estado original de ciertas partes del templo, teniendo en cuenta que el actual edificio es resultado de las reformas y ampliaciones acontecidas a lo largo de varios siglos.
Por hacer mención a algunos de estos descubrimientos, podíamos citar la cara más colorida que nos ocultaban la torre y las fachadas del templo, el enigma del azulejo de San Florián, las diversas pinturas decorativas y murales en distintas partes interiores del edificio, la escalera de acceso originario a la torre desde la sacristía, el relleno de la bóveda situada entre las capillas de Lourdes y la Virgen del Rosario con restos cerámicos (decenas de pequeñas tinajas y otros tipos de vasijas), las ventanas mudéjares de la primera fase del templo, la columna y el capitel romano de estilo corintio en la esquina de la calle Fernando de Llera junto al Patio del Sol, la inscripción sobre el terremoto de Lisboa y la firma autógrafa de Alonso Ruiz Florindo en la clave del arco de la capilla mayor, exvotos marianos tras el retablo de la cripta del altar mayor… Todo ello sin dejar al margen otros hallazgos que se esperaban, puesto que se tenía constancia documental de los mismos, tales como la hornacina San Juan Nepomuceno junto al retablo de Ánimas, la tribuna de los Marqueses o los respiraderos de las distintas criptas de enterramientos, todo ello recuperado.
Pero por su morbosidad, el tema que más comentarios ha llegado a suscitar ha sido el de los enterramientos y criptas del templo, llegándose a difundir multitud de exageradas versiones apoyadas en unas fotografías difundidas inadecuadamente por las redes sociales, y que en el presente trabajo vamos a exponer con el correspondiente apoyo documental, gráfico y del equipo facultativo de la propia obra.

ENTERRAMIENTOS EN LA HISTORIA
Los primeros cristianos siguieron con la costumbre de la civilización romana de enterrar a sus muertos en las afueras de las ciudades, pero poco a poco se fue permitiendo que los difuntos pudieran ser enterrados en los alrededores de las iglesias donde descansaban los cuerpos de los mártires o sus reliquias.
En el siglo VIII ya se había generalizado en Europa el enterramiento ad sanctos («junto a los santos»). Hubo que poner un poco de orden y se dictaron normas para las sepulturas dentro de las iglesias y en los alrededores de éstas, a cuyo lugar se llamó cementerio (en griego, dormitorio, lugar del sueño).
A lo largo de la Edad Media, los muertos fueron invadiendo el suelo de las iglesias y capillas, empezando por los clérigos y personajes importantes, junto a sus familias, que disponían de criptas subterráneas de enterramientos, y terminando por cualquiera que pudiese pagar un rincón más o menos cercano al altar. Ese proceso continuó y fue reglamentándose durante los siglos XVI a XVIII, siendo el cementerio lugar de enterramiento para pobres y niños.
Las hermandades y cofradías tenían un papel esencial en el momento del fallecimiento de sus hermanos, siendo uno de sus principales fines la asistencia con el estandarte, acompañamiento y, en muchos casos, enterramientos de los mismos. Caso que se daba también en las cofradías fontaniegas.
En 1786, Carlos III dispuso la creación de cementerios fuera de los núcleos de población por motivos de higiene y salud pública. Durante algunos años más, a pesar de las leyes sucesivas que recordaban su prohibición, algunos muertos siguieron enterrándose en el interior de las iglesias o sus alrededores.
En el caso particular de Fuentes de Andalucía, y según se desprende de los libros de defunción del Archivo Parroquial, los enterramientos se realizaban, por lo general, en la Iglesia Parroquial Santa María la Blanca y la Iglesia de San Sebastián del Hospital de la Caridad, así como en el entorno de estos dos templos y en el interior de la Iglesia de San José del Convento de los Mercedarios. La cripta del Monasterio de la Encarnación, situada bajo su capilla mayor, estaba reservada, como lugar de clausura, para las religiosas mercedarias, y en la Ermita de San Francisco no se tiene constancia de enterramientos hasta que en el siglo XIX naciera contiguo a la misma el primer cementerio con el que contó Fuentes de Andalucía.
Desde la centuria del XVI, al menos, las iglesias eran cementerios comunes, en el sentido amplio de que cualquier cristiano podía enterrarse en ellas. Los suelos de las iglesias estaban perfectamente acotados y señalados para permitir el mayor número de sepulturas, cuyo precio variaba de más a menos según se alejara del altar mayor.
Ciñéndonos al templo de Santa María la Blanca, al margen de las múltiples sepulturas comunes existentes a lo largo y ancho del mismo, la iglesia cuenta con cinco criptas de enterramientos, que a continuación describiremos brevemente.


CRIPTA DE LOS MARQUESES DE FUENTES (Capilla mayor)
Situada bajo la parte alta de la capilla mayor, es la única decorada artísticamente y la más antigua de las existentes, ya que data de la construcción inicial del actual templo, a finales del siglo XVI.
La cripta era propiedad de la Casa de los Señores de Fuentes, principales bienhechores del edificio, y en la propia bóveda de la misma aparece el escudo familiar, con las calderas y flores de lis.


Con una dimensión de 6,50 m. x 3,40 m., se accede a la misma por el pasillo que conecta la iglesia con la sacristía, encontrándose tapiado el acceso originario que conducía directamente a la propia capilla mayor, y cuenta en su contorno con 6 hornacinas o nichos múltiples para varios cuerpos en cada uno de ellos.
Del mismo modo, es la única de las criptas que contaba con banco de altar, sagrario y retablo propio, aunque éste último ha sido retirado de la misma ya que se encontraba mal emplazado y no correspondía con el estado original del espacio.
Hasta el inicio de las obras de restauración no se conocían enterramientos de restos ni cadáveres en la misma, pero durante el rastreo de pintura mural, se observó que el muro de la hornacina central del lado izquierdo, situada bajo la escalinata del altar mayor, sonaba hueco. Tras hacer una pequeña incisión, el equipo técnico se percató que tras esta hornacina existía una cámara contigua de la que no existía información. En este habitáculo reducido existía un enterramiento, que se encontraba expoliado y cuyos restos, a la fecha, están en proceso de análisis por el equipo de arqueología.


En un primer examen se ha estudiado la indumentaria del cadáver con ayuda de profesionales del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico. El atuendo del mismo era muy lujoso, en el que abundaban los hilos de oro y plata, apareciendo en forma de filigrana entrelazados y enriquecidos en algunos casos con hilos de hojilla de oro. Según las fuentes consultadas, esta indumentaria es de origen militar tanto por la decoración como por los numerosos botones forrados que han aparecido. Podría ser una casaca militar de la época de Carlos III, con un estilo afrancesado. Otro rasgo que nos posiciona para afirmar que se trata de un militar es que aparecen restos de unas botas y una espuela chapada en oro y decorada a cincel. La lujosa casaca y la espuela de oro nos aproximan a un alto cargo militar.
Otro detalle que no podemos dejar escapar es un trozo pequeño de textil que formaba parte del tejido, muy similar a un escudo mercedario, y de ser así, lo relacionaría directamente con la casa de los Guzmanes, a la que pertenecía los Señores de Fuentes.
También hemos de mencionar que al cuerpo hallado le fue realizada la autopsia en su momento, ya que posee el cráneo seccionado a la altura de la frente, indicándonos una muerte en extrañas circunstancias.
Sin duda, por su lugar de enterramiento, la indumentaria, y el hecho de tener realizado un examen a su fallecimiento –algo no común en siglos pasados, salvo en personas de alto rango– nos aporta que se trata de un personaje de clase alta, posiblemente algún miembro de la familia de los Marqueses de Fuentes.
Hasta la publicación de este artículo no hemos localizado ningún dato documental en los libros de defunción que se conservan.
En esta cripta, que hasta la clausura del templo era la única de fácil acceso, se prevé la instalación de columbario parroquial, en el que poder depositar las urnas con las cenizas de las personas que a su fallecimiento sean incineradas y así lo deseen, una vez que esté reabierto el templo y la economía parroquial permita la adecuación del espacio.

CRIPTA DE LA HERMANDAD DE SAN PEDRO (Capilla del Rosario)
Situada a los pies de la primera nave del Evangelio y bajo de la Capilla de la Virgen del Rosario, era propiedad de la «Cofradía de Nuestro P. y Sr. Sn. Pedro», que ya existía en 1640 y estaba compuesta en su mayoría por clérigos, por ello es también nombrada en determinado documentos como «la bóveda de los señores sacerdotes».


De este lugar de enterramiento se tenían noticias por diversas fuentes documentales, pero al estar totalmente segado su acceso y «ensolado», se desconocía su existencia y permanencia en el tiempo.
Fue al levantar la solería contemporánea, en esta última fase de la obra (2013), cuando apareció, a los pies de las gradas de acceso a la capilla del Rosario, la escalera de la cripta, cuyo dintel de entrada se encontraba tapiado y el hueco de escalones totalmente relleno de escombros.
Remitiéndonos a las fuentes escritas, aportamos que en 1725, la Hermandad de San Pedro hizo escritura a su favor «del entierro y bóveda» de la capilla del Rosario, desembolsando una determinada cantidad de dinero por los gastos ocasionados por una reja, un bastidor, en las peonadas de los obreros, limpiar la cripta, ocho azulejos para numerar los nichos existentes y 2.000 ladrillos [1].


Al año siguiente, la Hermandad desembolsó 192 reales por una lápida para la bóveda, 3 peonadas y el maestro para ponerla [2], la cual no se conserva.
La cripta, encalada, posee una dimensión aproximada de 3 m. x 4 m., albergando frente a la escalera de acceso nueve nichos, siete de ellos ocupados y ocho identificados con un azulejo que marca el número de la tumba –cuya compra de los mismos mencionamos antes– y un pequeño osario.
Sin fecha cierta, a finales del siglo XVIII o principios del XIX la cripta fue segada y convertida en un osario, de ahí la multitud de restos óseos que han aparecido dentro de la misma ocupándola casi en su totalidad, los cuáles han sido extraídos, depositados en cajas y bolsas y estudiados por los arqueólogos, una vez separados de la tierra con la que se mezclaban.


La hipótesis de la procedencia de estos restos nos la aporta el hecho de que se encontraban revueltos con abundante tierra. Por ello, han de proceder de las sepulturas del suelo de la propia iglesia, extraídos durante algún tipo de obra de colocación de solería de la misma y depositados en esta cripta a través de su ventana respiradero.
En referencia a los enterramientos, se tiene constancia de la sepultura el 9 de agosto de 1742 de Pedro de Ostos, así como de las de Antonio del Corral y Diego de Escalera en 1778 [3].

CRIPTA DE LA CAPILLA DE LA CONCEPCIÓN (Capilla de Lourdes)
Situada junto al acceso de la cripta de la Hermandad de San Pedro, en la lápida de entrada a la misma consta: «Esta sepultura y capilla son (ilegible)...de Lugo y de Doña María Pereira su mujer que la fundaron para ellos y para sus hijos y sucesores».
Compuesta de dos habitáculos comunicados entre sí, con una dimensión aproximada de 2 m. x 3,5 m. cada uno de ellos, es la única que está en ladrillo, sin encalar.


El segundo habitáculo tenía hueco propio de acceso a la iglesia, que aparece segado e inutilizado al comunicarse ambas entre sí.
No posee ningún nicho ni hornacina, solo un escalón en todo su contorno, que era el pudridero de la cripta, donde se depositaban los cadáveres.
Alberga en su interior tres pequeñas cajas de madera con los restos de los presbíteros Rafael González Flores, Sebastián Caro y Manuel González López.
Esta es la única cripta a la que no se le ha recuperado la ventana respiradero.

CRIPTA DE LOS GONZÁLEZ DEL CORRAL (Capilla del Sagrario)
En la segunda mitad del siglo XVIII, Alonso Ruiz Florindo dirigió las obras de ampliación de la Iglesia Parroquial, construyendo dos nuevas naves, una a cada lado del templo. Durante estas obras se levanta la Capilla del Sagrario, situada en la segunda nave del Evangelio, y donde se localiza la cripta que nos ocupa, cuya capilla y bóveda de enterramiento fue comprada por el sacerdote Pablo Domingo González del Corral por 7.780 reales y 16 maravedíes [4]. Así consta en la lápida de acceso a la misma: «Esta capilla y entierro la hiso Dn. Pablo Domingo del Corral Presvo., para si, sus herederos y los descendientes de sus padres. Año de 1780».


Con una extensión de 3 m. x 4 m., alberga en su interior los restos de Pablo Domingo del Corral (1782), José María González del Corral León (1864), María de los Dolores González del Corral Mola (1872), Carmen Baena de Vida y González del Corral (1873), José Luis Baena de Vida y González del Corral (1876), María del Carmen González del Corral León (1904), Antonio González del Corral León (1904), Victoria Mola González del Corral (1909), Francisco de Mola Falcón (1912), Francisco Mola González del Corral (1946), Amparo Mola González del Corral (1967), Rafael Aguilar Mola y otros miembros de la familia.
En la mayoría de los casos, y en cumplimiento de las leyes, los cadáveres fueron enterrados en el cementerio a su fallecimiento, y pasado el tiempo reglamentario, sus restos fueron trasladados a esta cripta en la Iglesia Parroquial.

CRIPTA DE LOS FERNÁDEZ DE PEÑARANDA (Segunda nave de la Epístola)
Siendo la de mayor dimensión, ocupando algo más de 10 m. x 4 m., se localiza bajo la segunda nave de la Epístola, nacida de la mano de los Ruiz Florindo en la segunda mitad del siglo XVIII.
En la losa de acceso consta: «Fué restaurada esta bóveda y solada esta capilla propiedad de los Sres. de Torres de Mantilla el año de 1906 a expensas de D.ª M.ª de los Angeles y D.ª Ana M.ª de Sevilla y Fernández de Peñaranda descendientes de dicha Casa por su abuela materna D.ª Elvira de Torres de Mantilla mujer de D. Lope Fernández de Peñaranda».


En la cripta reposan los restos de Ignacia Medina, en caja metálica sin fechar, y con sus correspondientes lápidas los del caballero maestrante José María Fernández de Peñaranda Sevilla (1845), Francisco Fernández de Peñaranda Aguilar (18..), María Concepción Fernández de Peñaranda Aguilar (1856), Francisco Fernández de Peñaranda Aguilar (1858), Manuel de Sevilla Montero (1862), Ana Joaquina Fernández de Peñaranda Aguilar (1869), Manuel María Fernández de Peñaranda (1876), Rafael Vasco Vasco (1880), José María Fernández de Peñaranda Aguilar (1890), María Dolores Armero Fernández de Peñaranda (1892), Mª Dolores Fernández de Peñaranda y Aguilar (1897), José María de Llera y Díaz (1901), José María de la Escalera Fernández de Peñaranda (1901), María Dolores Vasco Armero (1914), María de los Ángeles Sevilla Fernández de Peñaranda (1916), la niña María Cortés de la Escalera (1922) y Ana María Sevilla Fernández de Peñaranda (1931).

Como era de esperar, en prácticamente la totalidad de la planta del templo se han hallado restos óseos formando osarios, localizando sólo tres inhumaciones en conexión anatómica, es decir, el cuerpo completo. Uno en un lateral de la Capilla del Sagrario, entre el retablo del cuadro de la «Visión de Santo Domingo de Guzmán» y el muro que separa la primera y segunda nave del Evangelio –correspondiente a una mujer ya que se conservaban los dos pendientes–, y dos bajo la tarima del retablo de Ánimas.


Del mismo modo se han localizado diversas sepulturas de material de construcción en el centro de la nave central, correspondientes a la época primitiva del templo, que han perdurado en el tiempo y sobrevivido a los distintos cambios de solería ya que sobre ese espacio se levantó el coro, eliminado en la década de 1960.



NOTAS:
[1] (A)rchivo (P)arroquial (S)anta (M)aría la (B)lanca de (F)uentes de (A)ndalucía. Libro de Data de la Hermandad de San Pedro. 1708. Folio 13.  
[2] Ibídem. Folio 13 v.
[3] A.P.S.M.B.F.A. Libro de Data de la Hermandad del Santísimo Sacramento. 1745-1861. Folio 96. Mandato de visita nº 18. Agosto 1778.
[4] A.P.S.M.B.F.A. Cuaderno de arcas de depósito de la Iglesia Parroquial de Fuentes. 1778. Folio 2.