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En las cercanías de la muy antigua villa de Fuentes, en el Reino de Sevilla, hay una fuente que desde hace siglos recoge el agua del cerro adyacente a través de diversas conducciones subterráneas y la canaliza hasta ella, donde la gente del lugar acudía para abastecerse.

De orígenes islámicos, rodeada de restos de distintos pueblos antiguos que habitaron estos lares, ya en 1599 aparece citada en las Actas Capitulares acordándose su reparo, y en 1690 el Cabildo Municipal acuerda hacer la fuente de piedra, para lo que contrata al cantero de Morón Antonio Gil.

A lo largo del siglo XVIII, se continúan diversas reformas debido a la pérdida de suministro y a defectos en las conducciones y en 1787 se le dota de una escalera y un paso hecho de rosca para evitar los daños del público a la construcción. A fines de la citada centuria, se puso en marcha un proyecto general de conducción de las aguas potables a la villa para solucionar los problemas de abastecimiento.

Como en la Fuente de la Reina, otros manantiales y pozos de estas tierras llenas de historia siguen manando agua «buena y clara» desde tiempos remotos; características de un territorio que dieron el nombre a este maravilloso lugar del mundo que es Fuentes de Andalucía.

martes, 21 de marzo de 2017

CARTEL ANUNCIADOR DE LA SEMANA SANTA DE FUENTES DE ANDALUCÍA 2017



¿No es luz la Semana Santa? 
La luz de la Pascua del que es luz del mundo, la del cirial de Martes Santo que esquiva la luz de la lámpara del «Vecino» o la luz que provoca la sombra del Nazareno del Convento en la plenitud de una tarde de azahares. La luz de una candelería bajo palio de crestería con sabor decimonónico o la del guardabrisa que intenta dar más luz aún a un manto centenario.
Es la luz en la llama de la cera del camino del Calvario, es la de la Salud que entra por las ventanas en mañana de Viernes Santo y la luz del Sagrario que reserva el cuerpo de Dios consagrado en Monumento de Jueves Santo.
La Semana Santa es… la luz ausente bajo unas trabajaderas y la que entra por el antifaz del nazareno, la luz que brilla en los ojos que se emocionan y la luz que falta en la mirada del necesitado. 
Es la de la linternita que alumbra la partitura de un músico, es la luz en tiniebla en la que se refleja el humerío’ que va formando el turiferario y, es también, por qué no, la que irradia de esa cara que pilla con hambre una torrija recién hecha.   
La Semana Santa es la fe, la imagen, el detalle, el color… y es la luz, la luz del Domingo de Ramos. 
Al igual que Cristo es el centro de nuestra Semana Mayor, en este cartel es Cristo el principal protagonista. El Señor de la Paz en su Entrada en Jerusalén, y aún cuando la vista no lo aprecie, se denota que lo hace sobre su paso de misterio, ya arriado, enfrontilado ante el dintel de Santa María la Blanca para iniciar su estación de penitencia dando comienzo a la Semana Santa fontaniega. 
Cristo en su paso, y al fondo, el singular barroco de Fuentes de Andalucía en las yeserías del altar de Ánimas atribuidas a Alonso Ruiz Florindo y parte de la balconada del órgano de la «catedral blanca de la campiña». Y arriba, en la parte superior izquierda, una leve hoja de palmera asoma su extremo.  
Cristo en el centro, su diestra bendiciendo al pueblo de Fuentes que es Jerusalén, y la luz lo llena todo, iluminando el perfil del rostro del hijo de Dios. 
La instantánea es adsorbida por el poder expresivo de la imagen, que busca en el que lo visualiza la emotividad que recoge la esencia y el sabor de estos días condensando todo el sentido y la sensibilidad que desprende cada momento de la Semana Grande de Fuentes de Andalucía.
En este cartel, la tarde le ha soltado el dobladillo a la luz que ya tantea al misterio. El Señor sale a las calles, Él que es el Buen Pastor que busca, no a las ovejas que están en el redil, sino a las descarriladas. Y es que el Señor llama, a todos sin excepción, y muchas veces no queremos ni escuchar ni acudir a su llamada. 
Es mi deseo que este cartel cumpla su objetivo: el de anunciar la llegada de lo que se aproxima y tanto ansiamos los cofrades. Y en su contemplación, vayamos más allá, y orando al Señor de la Borriquita veamos la dulce mirada del Señor del Postigo, la mano que bendice y abraza la cruz como la del Nazareno del Convento, la Paz que transmite el cuerpo exánime clavado en el madero de Jesús de la Vera Cruz, la devoción del pueblo en las súplicas a los crucificados del Calvario o la Salud y el suave sueño del Cristo yacente, preludio de la noche grande de la cristiandad. Y es que, la luz de este cartel, es la luz de nuestra Semana Santa, y las vísperas de la Resurrección. 
En las manos del Señor está todo lo que somos. En las manos del Señor está uno, y los de uno. Pero también están todos los otros. En las manos del Señor. Esa diestra que en el cartel bendice y la zurda que lleva las riendas, las riendas de nuestra vida. Y con Él, está Ella, la más eficaz Mediadora, a la que elevamos nuestra plegaria para que vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos.  
Hermanos, la Semana Santa nos espera a la vuelta de la esquina. La de Fuentes de Andalucía ya tiene cartel; este es su cartel, mi foto, el Señor para mirarlo e imitarlo, el Señor para amarlo.  
Dicen que la mirada es la forma más pura de vivir. No hacen falta las palabras ni los sintagmas, los verbos ni las corcheas. Mirar es escuchar el acorde del silencio. Todo es forma, color y luz. Todo es la transparencia del aire que se cuela por los ojos. Una y otra vez. Como si no pasara el tiempo. Como si fuera posible conservar en el cofre de la ilusión la mirada del asombro, la mirada del niño. Y quien crea que todo esto puede ser una repetición que lleva al hastío, que se dé media vuelta. 
Y es que nuestra Semana Santa es como un paisaje hermoso. O como el rostro de un hijo. Porque uno no se cansa nunca de mirarla.

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